Les compartimos este reportaje de La Prensa, porque vale la pena destacar el sacrificio de muchas madres pinoleras que honran ese titulo «Madre«.



Suelas nuevas para botas de hombres y sandalias de mujer, dos zapatos de números y colores distintos, rollos de hilo negro, blanco, navajas, agujas como de tejedoras y vasos de Gerber medio llenos y vacíos con pega de zapato.
Detrás de la mesa está María Auxiliadora Gutiérrez, “doña Chilo”, la zapatera mayor y la más antigua de las cinco que están en esa hilera del Mercado Israel Lewites, compitiendo con hombres por el lustrado y la reparación de zapatos.
“Amor vení, no vas a reparar, no vas a lustrar tus zapatos”, llama una mujer sentada, con una pierna a cada lado, sobre una caja de lustrar. Lleva un delantal y las uñas cortas, renegridas de pasta. Después de varios llamados en vano en medio del alboroto del mercado, un hombre bajito se planta a la orilla de la caja, sube al banco y extiende las botas naranjas descoloridas y polvosas. “Él es mi cliente y ya le he dicho que si me la pega con otra, lo jalo del pelo donde esté”, dice con un guiño en el ojo la lustradora Sara Gutiérrez al hombre que acaba de sentarse unos centímetros por encima de ella.
—¿Cuánto le cobrás por las botas?
—“Esto vale veinte pesos porque es lavado”, contesta Sara.
  • Larga jornada

    Antes y después de ir al mercado, María del Carmen, como gran parte de las mujeres en este país, llega a su casa a trabajar. Antes de salir deja desayuno y almuerzo hecho, y al volver se pone al día con la cena, arreglo de la casa y lavado de ropa. Casi todas las mujeres que lustran y reparan zapatos llevan su propia comida al mercado. “Es que no resulta gastar cincuenta pesos diario en comida”, dice Sara, y con ella coincide su mamá doña Chilo, quienes llevan sus alimentos para ahorrar.

    Los hijos de todas las mujeres lustradoras van a la escuela, o han ido alguna vez. “Yo le digo que trabajo para que ellos no tengan necesidad de venir aquí”, dice Sara, quien llegó a primer año de secundaria. Le gustaría volver a estudiar, pero no en este momento. “Ahorita mi prioridad son los chavalos, tal vez más adelante”, dice.
  • 800 y 400 córdobas puede ser el ingreso de un día de trabajo de una mujer que trabaja 12 horas lustrando y arreglando zapatos.
—“Ella cree que tengo reales”, murmura el cliente sonriente.
Sara Gutiérrez es la hija mayor de doña Chilo y tiene su mismo oficio. En momentos distintos, pero ambas, madre e hija se plantaron a lustrar zapatos y a repararlos por iguales circunstancias.

TRAS PUÑETAZOS A LUSTRAR

La historia de una se parece a la de todas. Tenían varios hijos, un marido alcohólico y bruto que les pegaba, que tampoco les daba para el pan de los hijos. Ella, sin estudios ni trabajo, se sometía al principio, luego, para que los hijos no se mueran de hambre, sale a trabajar. La historia cambia cuando un día alguien le sugiere que se lance al mercado, allí siempre hay vacantes para los desempleados. Vender algo, cualquier cosa es la idea, o por qué no lustrar. ¿Lustrar? Sí, ese oficio que ha sido ejercido por hombres, en el Mercado Israel Lewites, ha terminado cediendo a madres que sostienen sus casas.
A María del Carmen Traña su marido llegó a golpearla cuando ya lustraba en el mercado. Venía de vivir un infierno con él. Esa vez intentó acuchillarla en el mercado, pero los colegas a su alrededor lo impidieron. Fue a parar a la Policía, lo encerraron, le prohibieron que se le acercara y con el tiempo se cansó de perseguirla y maltratarla. Ella, con su historia triste y difícil de madre soltera, se coló entre cajas con cepillos y pastas de lustrar y chistes de machos.
Además de la violencia conyugal, lo más difícil fue lidiar con “el nervio” y las mariposas que le revolvían el estómago cuando lustró los primeros pares de zapatos, mientras sus hijos pequeños dormían a un lado de ella, en un canasto.
Doña Chilo se aventó primero con la venta de tajadas con queso. Iba y venía del 7 Sur al Mercado Israel. Le quedaba poca ganancia. No daba para llenar a las cinco bocas que esperaban en su casa. Alguien le dio la idea de lustrar y le llamó la atención. Se ilusionó. “Quería algo mío”, dice esta mujer de 47 años, quien desde hace 18 lustra en el mercado.
Al poco tiempo de conseguir la caja, la pasta de lustrar, los cepillos y la anilina, saltó otro escalón en materia de calzado: la reparación.
Remendar zapatos destapados, pegar tacones, cambiar suelas, coserlas, en fin, cualquier reparación, ella la hace. Aprendió viendo y se aventuró. Poco a poco fue comprando sus propios instrumentos. Ahora tiene una máquina para coser suelas por 160 y 180 córdobas.

MUJERES CELOSAS

Desde el comienzo la mayor parte de los clientes han sido hombres. “Algunos nos ven más aseadas las manos y por eso nos buscan. También porque piensan que somos mujeres y madres, que no tenemos vicios”, dice Carmen Traña, quien lleva 16 años lustrando, pero también cosiendo a mano suelas de zapatos.
En cambio Sara Gutiérrez, 29 años, quien lustra junto con su madre, desde que asumió la crianza de sus tres hijos, a veces oye decir a algunos: “Esas mujeres no saben ni lustrar”. También le ha tocado que algunas mujeres jalan a sus maridos del brazo para que no les dejen zapatos a ellas. “Se ponen celosas cuando lo ven a uno, creen que uno se los va a quitar, como si uno anda en eso”, dice Sara entre risas.
Sara también sintió pena la primera vez que lustró. “Se me caía la cara de vergüenza, me dio una gran pena, pero ahora me gusta, he aprendido a ganarme mis reales”, explica.
En este momento Sara vive en la casa de su mamá, pero le gustaría reunir dinero para construir una pieza en el predio de su mamá. “He buscado que me ayuden. He metido papeles en la Intendencia, en todos lados, pero nada, no he tenido suerte. Me gustaría construir un cuarto para estar aparte con mis hijos”, comenta esta mujer, quien bromea y trabaja al mismo tiempo.
“Yo le digo a este señor que es mi novio”, dice mientras mira a su vecino, un lustrador setentón que lleva cuarenta años viajando desde Villa El Carmen al mercado todos los días a las 5:30 de la mañana. Este servicio tiene demanda desde muy temprano. Entre las 6:00 y las 9:00 de la mañana.
“A esa hora comienzan a venir los clientes”, comenta Sara. Muchos, antes de llegar a su trabajo, se pasan abrillantando el calzado. Desde esa hora se marca la tendencia del negocio a lo largo del día.
Sara dice que este lunes le fue mal. No lustró más de cuatro pares. Y la reparación tampoco estuvo mejor. En un día bueno, Sara dice que se puede ganar hasta 400 córdobas. En uno malo, como el lunes, cuarenta pesos lustrando.
Mientras que a María del Carmen, quien viaja desde la Carretera Vieja a León, un día bueno representa 800 córdobas, solo de lustrado.
Un día malo puede andar por los 150 córdobas.
“No te los ganás en una Zona Franca”, dice Sara, quien ha explorado ese universo laboral, pero ha terminado por quedarse en esta acera arreglando y lustrando zapatos, aunque a veces no aguante la espalda de estar sentada sin respaldar, o su nariz resienta el mal olor de algunos zapatos que le pasan dejando. “A veces nos vienen unos apestosos”, dice Sara arrugando la cara.
Doña Chilo dice que parte de los materiales, como las suelas, los compran en Masaya. “Allá es más barato. Si te vas al Oriental a buscar esto mismo, te revientan”, explica Sara.

AMOR DE CLIENTES

En el ritual de la lustrada siempre se entabla una conversación entre lustrador y cliente como suele pasar en las barberías. Las mujeres dicen que algunos clientes las salen enamorando. Incluso las invitan a salir. “Algunos son bien atrevidos, quieren salir con uno y después ir a otro lado, si no, no salen”, dice Sara, aunque ella aclara: “No es que yo sea una santa, pero así estoy bien sola, un hombre da muchos problemas”.
A pesar de la resistencia a las parejas, varias han vuelto a tener parejas. Doña Chilo conoció a su compañero actual en el mercado. Trabaja allí mismo con ella y con Sara. Hace varios años, María del Carmen se juntó con un empleado de la Intendencia del Mercado Israel. Otras se han separado y han alzado vuelo de la acera de zapateros.

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